Eduardo, el experimentado conductor, mantenía sus manos firmes en el volante, aunque su corazón latía con un ritmo acelerado. La noche era más oscura de lo habitual, y el único pasajero, Isabel, permanecía en silencio, su rostro oculto tras un velo negro. "¿Hasta dónde va, doña?" preguntó Eduardo, intentando aliviar su nerviosismo. "Hasta el final de la ruta," respondió ella, con una voz que resonaba con un eco distante.
El silencio entre ellos se convirtió en un tercer pasajero, manifestándose en cada reflejo que Eduardo veía en el retrovisor. Isabel parecía cambiar de posición sin emitir el menor sonido. Algo, una intuición, le decía a Eduardo que esta noche era diferente, pero no lograba identificar qué era exactamente.
Eduardo miró por el espejo retrovisor, esperando ver a Isabel preparándose para bajar. Pero el asiento estaba vacío. Giró rápidamente, un sudor frío recorriéndole la espalda. La mujer había desaparecido. Recordó las historias de colegas sobre el "pasajero fantasma", y ahora entendía su terror.
El asfalto se había desvanecido, reemplazado por un suelo de tierra y lápidas cubiertas de musgo. No había rastro del autobús. Eduardo, con el corazón en un puño, se acercó a un vidrio roto que yacía en el suelo. Al inclinarse, su reflejo le devolvió la mirada, pero no era su rostro el que veía, sino el de Isabel.
"Ahora es tu turno de conducir," susurró la voz. Eduardo se dio la vuelta, pero no vio a nadie. El viento aumentó, levantando hojas secas que danzaban en el aire. Cada fibra de su ser le gritaba que huyera, pero sus pies estaban anclados al suelo.
Eduardo respiró profundamente, tratando de calmarse. Sabía que había sido llamado a algo más allá de su comprensión. La sensación de miedo comenzó a mezclarse con una extraña calma. Quizás, pensó, el destino le había elegido para una tarea especial. Lentamente, aceptó su nuevo papel, decidido a descubrir el secreto que Isabel guardaba.
















