Cristina Dorotea se hallaba sentada en un banco de madera, contemplando el cielo gris. Su mente viajaba más allá de los muros que la rodeaban, anhelando un mundo más amplio del que conocía, añoraba hacer algo más. que le guste y que le haga sentir ella, no solo formarse como una buena esposa y madre. Pese a ello sigue limpiando, ignorando sus pensamiento y lo que le gustaría hacer por lo que "debe" de hacer.
Cristina Dorotea se acercó a su madre, su corazón palpitando con nerviosismo. "Madre, temo casarme con un desconocido," confesó, sus palabras cargadas de esa incertidumbre cargada de los últimos días. desde que sus padres le habían comunicado sobre su inminente matrimonio. La madre de Cristina, una mujer de semblante severo, respondió con voz firme. "Debes estar feliz de casarte con un buen hombre," replicó, dejando claro que no había lugar para la rebelión y debía aceptarlo.
Cristina Dorotea caminaba lentamente por el pasillo, su vestido blanco de muselina arrastrándose detrás de ella. A su lado, Emmanuel Defoe, un hombre de apariencia distinguida y vestido con una levita oscura, la esperaba al final del camino. El ambiente era tenso, su unión no era por amor, era su deber ante la sociedad, un contrato y ellos iban a firmarlo.
Tiempo después Cristina Dorotea realizaba sus tareas diarias, moviéndose con precisión y monotonía. Su vida se había convertido en un ciclo repetitivo de deberes, siempre bajo la mirada vigilante de su esposo.
Sentada en el borde de su cama, Cristina dejó que las lágrimas rodaran silenciosamente por sus mejillas. "¿Es esto todo lo que una mujer puede ser?" se preguntó, sintiendo el peso de sus responsabilidades aplastarla. Desde hace cinco años, su vida ha sido un ciclo de embarazo, pérdida, maternidad y responsabilidad. Me dijeron que como mujer debía dar vida y cuidar de ella, pero en ese deber he conocido un dolor más profundo. De mis hijos, solo dos viven; los otros tres partieron antes de ver la luz, sin siquiera lograr abrir sus ojitos. Estás pérdidas me han dejado vacía, pero debo seguir ya que soy "afortunada" por tener dos niños saludables y tener un pan quo comer. Pese a ello no lo soy-
Un día, Cristina Dorotea se encontraba de pie lavando, mirando el horizonte, su corazón lleno de esperanza y con un pequeño deseo de libertad. "En otra vida sueño con vivir para mí, no solo para los demás," murmuró al viento, su voz firme y resuelta. Por la tarde, una vecina corrió hasta su casa, agitada y con pesadez en su tono dijo " El Señor Defoe ha sufrido un accidente con su carruaje en el camino a la finca del norte. El caballo se desbocó; no tuvo salvación". El silencio que siguió fue largo. "Mis más sentidas condolencias Señora Cristina" Cristina solo le agradeció y desapareció adentrándose en la casa.
















