Conejo estaba atrapado en la cima de un cerro, la luna bañando el lugar con una tenue luz plateada. Delante de él, Coyote lo miraba con hambre en sus ojos, su pelaje brillando bajo las estrellas. "Esta vez no escaparás, pequeño," dijo Coyote, relamiéndose los labios.
Conejo decidió usar su astucia. Encontró refugio en un nopal lleno de tunas. Desde allí, comenzó a lanzar las frutas espinosas hacia Coyote, quien intentaba acercarse. "¡Atrapa esto si puedes!" gritó Conejo mientras lanzaba otra tuna. Coyote retrocedió, sorprendido por la estrategia inesperada.
Más tarde, en un bosque cercano, Coyote encontró un árbol de zapotes y comenzó a disfrutar de su dulce sabor. Sin embargo, Conejo no había terminado con sus trucos. Desde lo alto del árbol, lanzó más tunas hacia Coyote, riendo. "¡Deja de hacer eso, conejo!" protestó Coyote, cubriéndose la cabeza.
Coyote retrocedió rápidamente y tropezó, cayendo sobre un hormiguero. En un instante, estaba cubierto de hormigas, retorciéndose y tratando de quitárselas de encima. Conejo lo observaba desde una rama, con una sonrisa de satisfacción en su rostro. "Quizás te gusten más las hormigas que las tunas," comentó Conejo en tono burlón.
La noche había caído y el bosque estaba en silencio, solo roto por el suave murmullo de un lago cercano. Conejo guió a Coyote hasta la orilla del agua. Coyote, aún sacudiéndose las últimas hormigas, no vio venir el último truco. Conejo lo empujó suavemente, y Coyote cayó al lago con un chapoteo. "Un baño nocturno nunca viene mal," rió Conejo mientras observaba al mojado y confundido Coyote.
















